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Mi enigma | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Eres como si mi cielo
se hubiera caído,
brillando en la iluminación
de mi enigma estrellado.

Delia,
mi concordancia y fiducia,
mi policromía
de días felices
y gestos al corazón.

Significaré
que te viviré
al fin nombrarte,

mi enigma,
mi estrella donde la voz
aprieta tu nombre
y deja salir
las partículas melancólicas.

Porque Delia,
che sarà, sarà,
che amerà, amerà.

Mi revelación.

Mi enigma (construcción simbólica) | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Eres como si mi cielo

se hubiera caído,

brillando en la iluminación

de mi enigma estrellado.

Delia,

mi concordancia y fiducia,

mi policromía

de días felices

y gestos al corazón.

Significaré

que te viviré

al fin nombrarte,

Perché Delia,

sarà quel che sarà,

amarà quel che amerà.

Eres como si mi cielo

se hubiera caído,

brillando en la iluminación

de mi enigma estrellado.

Delia,

mi concordancia y fiducia,

mi policromía

de días felices

y gestos al corazón.

Significaré

que te viviré

al fin nombrarte,

mi enigma,

mi estrella donde la voz

aprieta tu nombre

y deja salir

las partículas melancólicas.

Porque Delia,

Sara che Sara,

Amara che Amara.

Cuando estoy desnuda | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Escribo mejor cuando estoy desnuda
cuando tropiezo contigo y no me ves
cuando acarició tu pelo
tu pelo que yo acaricio
donde mi alma va un paso delante de ti
No existes 
Existes donde los corazones 
Apretados y abochornados 
Dicen tango
y hacen ven
Tengo a dios abriendo sus piernas
La niña lloró su nombre
Se llamaba Jesús

Escribo mejor cuando estoy desnuda

Escribo mejor cuando estoy desnuda,
cuando tropiezo contigo y no me ves,
cuando acaricio tu pelo,
tu pelo que yo acaricio,
donde mi alma va un paso delante de ti.

No existes.

Existes donde los corazones,
apretados y abochornados,
dicen tango
y hacen «ven».

Tengo a Dios abriendo sus piernas.

La niña lloró su nombre.

Se llamaba Jesús.


Entonces me miraste | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Entonces me miraste
Porque llegó antes la intención que el conocimiento
Primero fue dios o el universo.
Primero fue amor o amar. 
Puede que antes llegara la intención que el conocimiento
Curar el corazón roto
Curar el corazón roto
Se rompió con el salvajismos de la ternura
con la intimidad que reconocía tu nombre
Se rompió y no volvió más

Entonces me miraste

Entonces me miraste.

Porque llegó antes la intención que el conocimiento.

Primero fue Dios
o el universo.

Primero fue amor
o amar.

Puede que antes llegara
la intención que el conocimiento.

Curar el corazón roto.
Curar el corazón roto.

Se rompió con el salvajismo de la ternura,
con la intimidad que reconocía tu nombre.

Se rompió
y no volvió más.

Primer símbolo sagrado | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Me quedan los recuerdos que nunca existieron 
Las profundidades que en materia de dios
No podré decirte jamás
El amor que en silencio te tengo
Incapaz de oportunarte ya
Porque ya soy de la palabra
En los órganos que resisten
Porque ya soy lo que no puedo detener


Me quedan los recuerdos que nunca existieron.
Lo que tuvo que ser ya fue.
Las profundidades que, en materia de Dios,
no podré decirte jamás.
El amor que en silencio te tengo,
incapaz de otorgártelo ya.
Porque ya solo queda la palabra,
en los órganos que resisten,
porque ya soy
lo que no puedo detener.

La rosa mística | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Dentro del vergel,
dentro del rosal matarme han.

Se llamaba Carmen Delia,
debió llamarse Rebeca,
porque tenía el poder
de ahuyentar la vida
con su belleza.

Jamás tuve que pasar por su huerto,
ni llamar a su puerta,
ni detenerme jamás
a arrancar aquella rosa
ni a mirarla.

Pero era el centro de aquel huerto.
Parecía no asombrarse
de destacar entre las demás.

Y en el momento
en que quise alcanzarla,
me clavó su espina.

Me dejó una herida
que jamás curó.

Il y a un amour
qui ne sera que dans ton cœur,
pas dans ta vie.

Y, como en un ritual atávico,
desapareció entre el salitre y la lava,
entre montañas,
conjurada a la profecía.

Juró morir entre batallas y rosas,
entre nostalgia y gusto,
que no decían mi nombre.

La rosa mística
Cristina Arribas González
Hijos de marzo, 2026

Dentro del vergel (construcción significativa) | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Dentro del vergel, 
dentro del rosal matarme han. 

Se llamaba Carmen Delia
debió llamarse Rebeca
porque tenía el poder 
de ahuyentar la vida
con su belleza.
Jamás tuve que pasar por su huerto 
Ni llamar a su puerta
Ni jamás tuve que detenerme a arrancar aquella rosa, ni mirarla 
pero era el centro en ese huerto
parecía no asombrarse de destacar
ante las demás
pero en el momento que yo la arranqué
me clavó su espina
me dejó una herida que jamás curo
Il y a un amour qui ne sera que dans ton cœur, pas dans ta vie.

Dentro del vergel,
dentro del rosal matarme han.

Se llama Carmen Delia,
debió llamarse Rebeca
porque tenía el poder
de ahuyentar la vida
con su belleza.

Jamás tuve que pasar por huerto,
ni llamar a su puerta,
ni jamás tuve que detenerme
a arrancar aquella rosa, ni mirarla.

Pero era el centro en ese huerto,
parecía no asombrarse de destacar
ante las demás.

Pero en el momento que yo la arranqué
me clavó su espina.

Me dejó una herida
que jamás curó.

Il y a un amour qui ne sera que dans ton cœur, pas dans ta vie.

A dedesdecir Dios | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Me enseñaste a decir dios,

a no esquivar las palabras
que mal decía.

Me enseñaste a decir adiós,
las palabras secretas,
a no huir de las otras.

Me enseñaste a decirte adiós,
sin fe,
con miles de ruegos,
para no desdecir el tiempo,
lamento.

Me enseñaste a no reclamarte,
a morirme con amor sin ti,
sin ti,
con amor a mí.

Te dejé.
Me dejaste.

Como dos líneas iguales
que, al saltarse,
dejan de encontrarse.

Me enseñaste sin Dios,
sin ti,
sin mí.

Y entonces entendí:

Dios
era la palabra.

Tú,
el adiós.

Yo,
lo que quedaba
después.

Llegaste.

Y ya no supe
si eras Dios,
si eras tú,
si era yo
diciendo adiós.

Llegaste a Dios.

Me enseñaste a decir Dios | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Me enseñaste a decir Dios.

A no esquivar las palabras

que mal decía.


Me enseñaste a decir a Dios

las palabras secretas,

a no huir de las otras.


Me enseñaste a decirte adiós.

Sin fe,

con miles de ruegos,

para no desdecir el tiempo,

lamento.


Me enseñaste a no reclamarte.

A morirme con amor sin ti.

Sin ti,

con amor a mí.


Te dejé.

Me dejaste.


Como dos líneas iguales

que, al saltarse,

dejan de encontrarse.


Me enseñaste sin Dios,

sin ti,

sin mí.


Me enseñaste

que también se puede morir

sin morir.


Y entonces entendí:


Dios

era la palabra.


Tú,

el adiós.


Yo,

lo que quedaba

después.


Llegaste.


Y ya no supe

si eras Dios,

si eras tú,

si era yo

diciendo adiós.


Llegaste adiós.

A desdecir dios (construcción significativa) | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Me enseñaste a decir dios.
A no esquivar las palabras que mal decía.
Me eseñaste a decir a dios,
las palabras secretas, 
a no huir de las otras.
Me enseñaste a decirte adiós.
Sin fe con miles de ruegos. 
Para no desdecir el tiempo lamento.
Me enseñaste a no reclamarte.
A morirme con amor sin ti.
Sin ti con amor a mí.
Te dejé. 
Me dejaste.
Como dos líneas iguales,
que al saltarse.
Me enseñaste sin dios,
sin ti,
sin mí,
Llegaste adiós.

Me enseñaste a decir Dios:

Me enseñaste a decir Dios,
a no esquivar las palabras
que mal decía.

Me enseñaste a decir adiós,
las palabras secretas,
a no huir de las otras.

Me enseñaste a decirte adiós,
sin fe,
con miles de ruegos,
para no desdecir el tiempo,
lamento.

Me enseñaste a no reclamarte,
a morirme con amor sin ti,
sin ti,
con amor a mí.

Te dejé.
Me dejaste.

Como dos líneas iguales
que, al saltarse,
dejan de encontrarse.

Me enseñaste sin Dios,
sin ti,
sin mí.

Me enseñaste
que también se puede morir
sin morir.

Y entonces entendí:

Dios
era la palabra.

Tú,
el adiós.

Yo,
lo que quedaba
después.

Llegaste.

Y ya no supe
si eras Dios,
si eras tú,
si era yo
diciendo adiós.

Llegaste a dios.

En medio de la soledad dios me glorifica. 
En soledad aprendí y me transformé.
En medio de la soledad te llamé. Lloré mucho hasta abrazar tu nombre.
Y me llegaron en esplendor de no soledad, 
de compromiso, de compartirme, de enseñar tu mensaje. 


Puro fuego | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Pur feu,
toi qui pares de tes paroles
la détresse de l'amour.

Pur feu,
portant ton manteau
jusqu'à ses portes.

Pur feu,
toi qui embrases de ton souffle
les dernières braises de l'amour.

Pur feu,
portant ton manteau
jusqu'au seuil de l'oubli.

Puro fuego,
que adornas con tus frases
la desdicha del amor.

Puro fuego,
llevando tu manto
hasta sus puertas.

Puro fuego,
que incendias con tu aliento
los rescoldos del amor.

Puro fuego,
llevando tu manto
hasta el umbral del olvido.


Puro fuego, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)


Le Manoir de la Rose | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Es el vacío que me guarda
que al vivir 
Suponer cerrar la vida 
Al sostenerte 
Cuando ya mis manos
de apretarte 
Rojas 
Disimulan tu esencia
que se vuelve salvaje 
como espina 
que mi aguarda 
Ese es mi hogar 
El de la rosa 
que me hiere
Para convertirme en sabiduría y poesía

Le Manoir de la Rose, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)

Hacia la raíz | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Vivo la muerte para poder vivir
Siempre al borde de vivirla
Siempre al fin de conquistarla
Siempre desafiando sus vidas
Memorias
No quiero perderlas
En la muerte encontré su existencia
Al fin la muerte dándome la vida
Naciendo en cada costalazo
de amar-no las memorias van contentas
Tu presencia las vuelve inconsolables
La vida
Tu presencia


Hacia la raíz, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)

El estornino | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Y cuando ya estoy destruida llega una señal 
No se si será dios
o eres tú
O me lo imagino
Está tantas veces ahí
y aquí
Que acá se convierte un destino final
Como un estornino
Imagen de la noche

Y cuando ya estoy destruida
llega una señal.
No sé si será Dios
o eres tú
o me lo imagino.
Está tantas veces ahí
y aquí
que acá se convierte
en un destino final,
como un estornino
en el aria difícil de sostener
Llegas con tu lenguaje de mis flores
Apuntando al corazón
Dámaso y Petrarca 
Mi César, solo nobles 
con sonidos de llamas


El estornino, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)

Coda | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

No hay cierre.

Solo un repliegue del lenguaje sobre sí mismo.

La rosa no termina: se desvanece en el nombre que la sostiene.

Y el nombre, al repetirse, pierde su cuerpo.

Queda una insistencia mínima, casi sin forma,

una vibración que no describe nada

pero mantiene el mundo en estado de aparición.

Escribir fue tocar lo que no se deja tocar.

Nombrar fue aceptar la distancia como única proximidad.

Todo archivo es una tentativa de permanencia

que fracasa con precisión.

El lector no llega al final: atraviesa una pérdida.

Y en esa pérdida no encuentra sentido,

encuentra duración.

Lo que estuvo aquí no permanece como contenido,

sino como huella de su propia desaparición.

Rosa.

Otra vez Rosa.

No la flor.

No el símbolo.

Solo el eco que insiste en volver a empezar sin volver.

Y si algo queda,

no es la obra,

sino el movimiento que la borró sin destruirla.


Coda, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)

La inmutabilidad de dios | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Dios es espíritu, nada más que eso.

En su suma importancia no tiene tiempo.

Ni el ser le es otorgado por la lámina, por el córtex, por el cerebelo.

Su cuerpo se creó en la epidemia del espejo,

en la fracción que originó el tiempo.

Soy su dios mirando al espejo.

Sonrío silencioso entre éticas que me marcaron con dolor,

religiones que yo no necesité.


Dios es espíritu nada más que eso

En su suma importancia no tiene tiempo

Ni ser es otorgado por la lámina

Por el córtex

Por el cerebro

Su cuerpo se creó en la epidemia

Del espejo

En la fracción

Que originó el tiempo

Soy su dios mirando al espejo

Sonrío silencioso entre éticas

Que me marcaron con dolor

Religiones que yo no necesité


La inmutabilidad de dios, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)

Dios tiene pasado | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

¿Dios tiene pasado?

A veces lo imagino sentado entre ruinas, tocando con los dedos las cenizas de las primeras estrellas.

Quizá también recuerde.

Quizá haya nombres que todavía le duelan.

Mundos que no pudo salvar. Voces que se perdieron antes de llegar a la luz.

Tal vez la eternidad no sea olvidar, sino conservarlo todo.

Y por eso el silencio de Dios se parece tanto a la memoria.


Dios tiene pasado, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2024)

Raíz | Cristina Arribas González | Hijos de marzo

Raíz

He aprendido que las raíces no buscan la luz.

Descienden.

Atravesan la tierra húmeda, la oscuridad antigua, los nombres que nadie recuerda.

Mientras las ramas conversan con el viento, ellas escuchan.

Guardan la memoria del agua, la cicatriz de las piedras, el rumor de los cuerpos que un día fueron bosque.

Yo también descendí.
Creí que caer era perderse y descubrí que toda profundidad es una forma secreta del regreso.

Ahora habito esta sombra fértil.

No pregunto por el fruto.

Me basta saber que bajo mis heridas algo continúa creciendo.

Algo invisible.

Algo que todavía pronuncia mi nombre verdadero.


Raíz, Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2025)

Sin título | Cristina Arribas González

Me acuerdo de ti 
cuando suena el viento
y las luces se apagan.
Imagino esa noche que el mar me sedujo
y juré, con el cuerpo escondido,
que los límites existen
entre líneas y espacios blancos.
Te dibujé, articulada, junto a tu mano en la barbilla.
Solo me querías para devolverte el arte.
En manos.

La poesía sin título por Cristina Arribas González (Hijos de marzo, 2026)

La verdad que nos vio mirar | Cristina Arribas González

La verdad espera ser mirada
porque hay un lugar donde todo calla sin embargo habla.
Y en su transparencia arde sin consumirse.

Cuando todo pasa.
Cuando el ruido cede
se queda la verdad
con su sonido intacto.
Pequeña pero firme.

No exige palabras,
las atraviesa con su luz.

Respirar esperando ser mirada.
Donde todo calla.
Y sin embargo habla.

Y aunque nadie la nombre,
resuena.

Se queda suspendida
en lo que no se dijo,
en la grieta de las voces.

No grita, la verdad.
Pero permanece.

La verdad nos mira
en el momento inevitable,
sostenida por pulsos
que dejamos al caer,
ya heridos, hieráticos.

Ella reluce:
sobre (a) viva.

Y cuando la miramos,
cambia lo que somos.

Es en la costumbre de no ver,
en el borde exacto de nuestra atención.

Si la ignoras, insiste
en no ser nombrada ni desplazada.

Es piedra que aprendió a respirar
sin dejar de ser piedra.

Sin ojos,
sin gesto,
sin juicio.

Presencia.

Entonces comprendemos tarde
que no era algo que buscar,
sino algo que soportar.

Y aun así,
cuando todo vuelve al ruido,
queda una huella mínima,
una claridad que no explica,
pero acompaña.

Como si la verdad
no viniera a decirnos nada,
sino a recordarnos:
Cuando te volvimos (a) humana.



La poesía de la verdad (Hijos de marzo, 2026), de Cristina Arribas González.