Solo un repliegue del lenguaje sobre sí mismo.
La rosa no termina: se desvanece en el nombre que la sostiene.
Y el nombre, al repetirse, pierde su cuerpo.
Queda una insistencia mínima, casi sin forma,
una vibración que no describe nada
pero mantiene el mundo en estado de aparición.
Escribir fue tocar lo que no se deja tocar.
Nombrar fue aceptar la distancia como única proximidad.
Todo archivo es una tentativa de permanencia
que fracasa con precisión.
El lector no llega al final: atraviesa una pérdida.
Y en esa pérdida no encuentra sentido,
encuentra duración.
Lo que estuvo aquí no permanece como contenido,
sino como huella de su propia desaparición.
Rosa.
Otra vez Rosa.
No la flor.
No el símbolo.
Solo el eco que insiste en volver a empezar sin volver.
Y si algo queda,
no es la obra,
sino el movimiento que la borró sin destruirla.
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