Me enseñaste a decir Dios.
A no esquivar las palabras
que mal decía.
Me enseñaste a decir a Dios,
las palabras secretas,
a no huir de las otras.
Me enseñaste a decirte adiós.
Sin fe,
con miles de ruegos.
Para no desdecir el tiempo,
lamento.
Me enseñaste a no reclamarte.
A morirme con amor sin ti.
Sin ti,
con amor a mí.
Te dejé.
Me dejaste.
Como dos líneas iguales
que, al saltarse,
dejan de encontrarse.
Me enseñaste sin Dios,
sin ti,
sin mí.
Llegaste adiós.
Me enseñaste a decir Dios
Me enseñaste a decir Dios.
A no esquivar las palabras
que mal decía.
Me enseñaste a decir a Dios
las palabras secretas,
a no huir de las otras.
Me enseñaste a decirte adiós.
Sin fe,
con miles de ruegos,
para no desdecir el tiempo,
lamento.
Me enseñaste a no reclamarte.
A morirme con amor sin ti.
Sin ti,
con amor a mí.
Te dejé.
Me dejaste.
Como dos líneas iguales
que, al saltarse,
dejan de encontrarse.
Me enseñaste sin Dios,
sin ti,
sin mí.
Me enseñaste
que también se puede morir
sin morir.
Y entonces entendí:
Dios
era la palabra.
Tú,
el adiós.
Yo,
lo que quedaba
después.
Llegaste.
Y ya no supe
si eras Dios,
si eras tú,
si era yo
diciendo adiós.
Llegaste adiós.