Entrevista | Cristina Arribas González

¿Cómo nace el arte en ti?

Es algo orgánico en mí. Nace sin límites.

¿Cómo surgió tu vocación creativa?

Desde muy pequeña he tenido una relación íntima con las palabras y las imágenes. No diría que surgió como una vocación clara, sino más bien como una necesidad orgánica de expresión. Con el tiempo entendí que mi lenguaje no tenía por qué ajustarse a formas preestablecidas. Así empecé a escribir, a dibujar, a investigar desde el cuerpo, desde la emoción, desde lo que se rompe y se reconstituye.


Eres autodidacta. ¿Cómo ha influido eso en tu obra?

Ser autodidacta me ha dado libertad. No tener una formación reglada me permitió explorar sin temor a “errar”, y construir un lenguaje propio, intuitivo. Eso sí, también me ha exigido mucha disciplina, búsqueda constante y, a veces, una cierta soledad metodológica. Pero de esa soledad también nace mucho.


¿Qué temas predominan en tu obra? ¿Qué te interesa explorar?

Trabajo desde el cuerpo, la memoria, la identidad y el deseo. Me interesa lo que se queda atrapado en los márgenes: el dolor que no se dice, el recuerdo que se distorsiona, el cuerpo que resiste. A veces lo abordo desde el poema, otras desde la imagen. Mi obra intenta ser un espacio de tránsito entre lo íntimo y representativo.


¿Cómo se relacionan tus textos poéticos con tus obras visuales?

Para mí no hay jerarquías entre lenguajes. A veces una imagen me pide un poema. Otras, una frase encierra ya una imagen latente. Es un diálogo constante. Mi proceso creativo es híbrido: collage, escritura, edición, dibujo… Todo parte de la misma pulsión: nombrar lo que me atraviesa. También puede ejercer una función solo. Ser poema, libro, texto, imagen. La hibridad o ramificación puede ser en la misma palabra.


En De todas Rosas hay una gran economía expresiva. ¿Por qué ese estilo tan condensado?

Porque lo que no se dice también habla. Me interesa la elipsis, el silencio. Hay textos que respiran entre palabras. Creo en la potencia de lo mínimo, de lo sugerido, de lo que el lector debe completar con su experiencia. No me interesa explicarlo todo, sino provocar una resonancia interna. En otros textos, poemas libros surgen otras voces que definen la palabra y sus gestos y la abrazan.


Tu obra Ab radice (I). De estigmas tiene un formato epistolar. ¿Qué buscabas con ese enfoque?

La carta es un género que permite intimidad, confesión y proyección de géneros. En Ab radice quería hablar desde la raíz: lo que duele, lo que sangra, lo que se hereda. El lenguaje epistolar me permitió explorar la relación entre escritura y memoria. 


Has creado varios proyectos culturales. ¿Qué lugar ocupa la gestión en tu práctica artística?

Me gusta generar redes, comunidad y diálogo. Provocar entre espacios cerrados, dar y ofrecer una visión única, personal y auténtica, con una estética que se proyecte hacia el exterior aparentemente con una fuerza mínima pero que atraviese como susurro. Con delicadeza y determinación poética. 

Has colaborado con artistas de distintas disciplinas y países. ¿Cómo influyen esas experiencias en tu obra?

Me interesa lo que ocurre en el cruce, en la frontera entre lenguajes, culturas, cuerpos.

Has publicado tres libros que parecen estar conectados: De todas Rosas, Amor No. Agua y Fe y Me mueve el amor para quererte. ¿Cómo los ves en conjunto?

Son una trilogía afectiva. Cada uno aborda una etapa distinta del amor: la herida, la fe, la entrega, el recogimiento. Son libros que se responden, se contradicen, se complementan.


¿Qué significa para ti el concepto de “raíz”?

La raíz es origen, pero también anclaje, memoria, deseo de pertenecer. Tiene que ver con lo que heredamos, lo que ocultamos, lo que nos sostiene incluso cuando estamos a punto de caer. Hija de la Raíz es eso: una declaración de vínculo y de ruptura.


En tu obra hay una fuerte presencia del dolor. ¿Crees que el arte puede sanar?

Sí. No como una solución mágica, pero sí como un acto de presencia. Escribir, dibujar, crear es una forma de nombrar lo innombrable. Y al nombrarlo, algo se transforma. A veces el dolor no desaparece, pero se vuelve materia. Y eso ya es mucho.

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